El extraño caso de escucharse a sí mismo sin saber de dónde viene la voz

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Por Jorge Garrido –

Es un fenómeno infrecuente y a la vez  insólito. No se trata de escuchar voces desconocidas, sino de tu propia voz, claramente identificada, pero que te dice cosas que nunca has dicho, pero que tiene lucidez.

Quizás el cerebro pueda andar solo. ¿Qué quiere decir? Que se mueve sin que le asignes una dirección concreta. ¿A dónde voy? No sé, él me lleva. Me dejo conducir por él.

No ocurre siempre, por suerte, solo en momentos especiales, como una estrella que baja.

Los artistas lo llaman musa, y los científicos también. Esa providencia es ingobernable. Aparece caprichosamente cuando menos lo esperas, y se va, de pronto, sin anunciar que va a terminar.

Se nos escapa.

Tampoco se sabe para dónde va, pero tiene que ser dentro del propio cerebro. ¿Un destino secreto?  Nadie sabe.

¿De quién es esa voz? ¿Mía? No lo sé.

No es sobrenatural, ni viene de otro mundo: es una voz real

No dura mucho tiempo, solo lo necesario para que una luz descienda y te regale una buena idea y más tarde te diga adiós. A veces, es solo un relámpago.

El gran escritor norteamericano Ernest Hemingway decía: “que la musa me baje trabajando”, y se aferraba contra toda resistencia a escribir mil palabras diarias, valgan o no, si no sirven, agregaba, la echo al cesto. Pero hay que estar escribiendo para que esa estrella baje cuando ella quiera.

¿Cuándo ella quiera? Como si alguien la dirigiera. ¿Otro cerebro? ¿Dos personas dentro de una?

¿Cómo ocurre?

Por ejemplo, puede pasarle a un novelista, a un poeta, a un químico en un laboratorio, y curiosamente, hasta a un orador apasionado en un momento estelar, que se genera o se crea, en medio de un discurso.

Quizás también le ocurra a los atletas, por qué a veces ganan y otras pierden. Puede ser que no se deba solamente a las artes del entrenamiento y al plan de competencia. Hay algo más. Es muy raro. Casi extravagante.

El cerebro tiene vericuetos muy extraños. A veces, nos asusta.

No sabemos que lo sabemos: ese es un misterio de la mente

Captemos la fotografía de un momento. Veamos que está sucediendo.

Pongamos el caso de un escritor empeñado en avanzar en su novela, día tras día, de madrugada, sufriendo, inventando escenas y personajes, diálogos y sucesos, tachando, reescribiendo, mutilando. Y de pronto empieza a sentir que la trama está funcionando de otra manera.

Es decir, de pronto, detecta cierta lucidez que facilita o dispara soluciones a cada escena o situación que va buscando. Surgen figuras, diálogos, acciones.

El camino se va abriendo solo. Como si alguien nos estuviera llevando hacia alguna parte, abriendo puertas que estaban cerradas hasta un minuto antes.

Está marchando un automático, como una máquina imparable, llena de lógica, razón, claridad, clarividencia. Todo es magnífico, y el escritor se estimula a sí mismo, su ego irradia orgullo, vanidad, satisfacción, cierto ánimo que abre los senderos.

¡Es fantástico! , dice.

Musa, ¿cuándo llegarás?

¡Musa, baja ahora!, pero no, solo llega cuando ella quiere

Hasta que se va apagando y todo retorna a la normalidad y vuelve a escribir como siempre, de forma lineal, racional, concreta, consabida y real. No hay más sorpresa.

¿Qué ha sucedido? No sé, dice. Si le pedimos que describa el fenómeno con más precisión, dirá: creo que no era yo, pero sí era mi voz. Y añadía: parece que alguien me decía al oído lo que tenía que escribir, inventando con una facilidad automática. Pero, era yo mismo a la vez. ¡Qué asombroso!

¿Eras o no eras el mismo?, insisto.  Mi voz sí, dice, pero el contenido no lo inventaba yo. Si acaso un hada interna. Alguien me hablaba adentro, y reconozco mi voz. Sí, era mi voz, recalca.

Y la sensación de extrañeza e ingobernabilidad aumenta cuando unas horas después, el autor se sienta tranquilamente, tomándose un  café, y empieza a revisar, a leer, lo que ha escrito antes.

Ernest Hemingway buscaba la musa tras mil palabras diarias.

Muchos escritores tienen personajes extraviados en su mente

Entonces se sorprende. ¡Por Dios!, exclama. 

Yo no he escrito eso, expresa emocionado. Y continúa describiendo: no recuerdo esas escenas, esas palabras, esos giros imprevistos, afortunados, precisos, elegantes, imaginativos. No lo hice yo, recalca. Es que no los recuerdo y apenas han pasado unas pocas horas.

Pero, ¿es tu estilo?, le pregunto. Ah, sí, lo es, es como mismo escribo, confiesa aturdido.

El automático ha funcionado. Es ese momento fenomenal en el que hacemos cosas brillantes, despampanantes, certeras, y que pueden ocurrir en las más diversas actividades, hasta en las más simples. Una chef me contaba que le suele ocurrir algunas veces. Invento platos, repentinamente, que nunca he pensado antes.

Ese espacio vital se llama: Creatividad. Y es todo un misterio del cerebro. Algunos alegan que no la tienen, y yo les aseguro que todos somos creativos, en cantidad y áreas diferente, lo que puede estar reprimido.

Se consigue metiéndose dentro de uno en una acción apasionante, gustosa, estimulante, de exploración interna. Y quizás el cerebro te complace o tal vez solo lo provocas. Y se haya producido más que todo un accidente químico, como en el amor. Una chispa que llega y otra se la lleva después.

El cerebro nos complace  con ese estado especial, si estamos trabajando de verdad, involucrados en una acción determinada, empeñados totalmente, y no tiene que ser solo literaria, artística o científica.

Parece que los genios escuchan esa voz con frecuencia.

La Creatividad es caprichosa, ingobernable, pero alucinante

Einstein tuvo esa luz magnífica cuando menos lo esperaba y halló las soluciones a la Teoría de la Relatividad. El mismo se sorprendió de que la estrella bajara imprevistamente. Detrás había, por supuesto, muchas horas de trabajo intenso.

Sin embargo, el misterio sigue intacto. De dónde viene esa voz automática y por qué luego no podemos explicar muy bien lo que hemos hecho ni cómo se construyó.

Chucho Valdés, el hijo de Bebo Valdés, dos cubanos, y dos grandes del piano y el jazz, unos negros altísimos y fornidos, especialmente dotados de unas manos providentes, explicaba que las improvisaciones, muy usuales en el jazz, a veces resultaban mejores que las piezas creadas con mucho esfuerzo y tiempo.

Es la magia, decía.

En nuestros talleres de Comunicación Personal en Cuarto Espacio, de hablar en público y vencer el miedo escénico, ocurre también ese fenómeno.

Hay una voz que te dice que no hables que todo va a ser un desastre. Es el miedo previsor que nos avisa de que estamos en problema o en peligro.

Hay un discurso interno y otro externo en el cerebro

Y empezamos por un ejercicio clave: el discurso inconsciente. Cuando brotan palabras que no quisimos decir, y que se producen en forma de símbolos, lo mismo una silla que el color morado o un vaso de agua, un elegante, o el nombre de una persona que no recordamos.

Cuando termina el ejercicio relámpago, todos se sorprenden de lo que han escrito. No fui yo, expresó una vez un alumno. Alguien lo puso ahí, agregó. Pero fue tu mano, le riposto. Sí, es verdad, pero no lo quise poner, aclara.

Entonces fue una voz interna. Algo rarísimo, ¿cierto?, le digo. Y queda anonadado.

Bueno, le planteó al alumno, empecemos a desmontar esas palabras símbolos, a interpretarlas. ¿Qué quieres decir, por ejemplo, con la silla?

Se queda inmóvil. ¿Está vacía, verdad entrenador? Parece que sí, muchacho, como la veas: vacía u ocupada.

Nadie está sentado, señor, me dice. Siento que alguien falta que debiera estar instalado en ese mueble.

Nadie sabe de dónde sale la lucidez, pero llega de pronto.

Nos sorprende, a veces, una idea genial, pero luego escapa

¿Quién?, imploro.

Una persona querida que estuvo siempre ausente, me explica.

Y me confiesa de pronto que nunca lo había pensado así, que no recordaba que llevaba dentro ese mordisco a su vida.

Tu voz interna, muchacho, esa que te dijo lo que no te atrevías a decirte conscientemente.

¿Dónde está esa voz tan bien guardada?

En alguna parte, tal vez, pero es real e imaginativa a la vez, Y puede ser que nos reserve una fuerza tremenda. Y que esconda nuestros talentos y recursos dormidos, retenidos, a la espera que salga a la superficie.

Parece que el inconsciente es profundo y misterioso, lleno de recuerdos y vericuetos. Y ese vocablo, ese sonido inexplicable es su propia voz.

Entonces, vamos a buscarla, está esperando siempre por nosotros.

Se trata de provocarla, y estimularla. ¿Será que podamos alguna vez recurrir a ella cuando la deseamos y necesitamos y no cuando ella antojadiza quiera?

¿Cuándo vas a poner en marcha tu automático?

Nota: más de 500 personas han escuchado esa otra voz en los ejercicios en Cuarto Espacio y han echado a andar de otra forma. Salvo que ellos mismos se hayan resistido a hacerle caso, y han quedado atrapados, o mediados, sin aclarar, esa maraña de símbolos y palabras en la mente.

De eso se trata.

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jorgegarridodos@gmail.com | + posts

Periodista cubano-español, escritor y profesor universitario. Ha sido corresponsal en el extranjero, editor y jefe de sección de la agencia Prensa Latina, director de la revista Prisma y Cubanow, y autor de la polémica novela "La Historia Secreta de Picasso". Fue panelista en programas de debate en NTN 24 horas, RedMás Noticias, Cable Noticias y emisora FM.
Ha dictado talleres de estética, cine, periodismo y comunicación en varias universidades colombianas, entre ellas la Universidad Nacional, Javeriana, de la Sabana, Universidad Central, Rosario, Autónoma de Cali, y dictado cátedra en la Escuela de Estudios Superiores de Administración (CESA).
Creador del Método Cuarto Espacio de entrenamiento comunicativo. Es especialista en el manejo de procesos de incomunicación y de dominio de los miedos y el miedo escénico en particular. Tiene en preparación el Manual de Comunicación Personal y la Guía de Dominio de los Miedos.

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Guillermo Realphe F.asombra cualquiera con el avan
Guillermo Realphe F.asombra cualquiera con el avan
2 meses de publicado

Nunca he sentido mi musa, pero debe ocurrir en algún momento de nuestras vidas