El arte de no decir nada está de moda

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Por Jorge Garrido –

La oratoria está en decadencia. Falta lucidez, estilo, propuestas concretas, reflexión, manejo elegante de la palabra, y hasta de la voz y el habla.  Se ha impuesto el discurso vacío, el gran recurrente de los políticos corrientes.

Algunos líderes se especializan en el arte de la oratoria vacía. Lo hacen muy bien. Es decir, son muy efectivos en hablar durante un largo rato y no proponer nada que no se haya escuchado antes y repetir las mismas palabras de la vez anterior.

Nos preguntamos, ¿dónde está el famoso Asunto que nos indicaban los maestros que debía tener un texto oral o escrito? Es decir, el sustento, la carne  de la carta.

Me decía un profesor de literatura: es más fácil vagabundear que decir cosas novedosas.

No tanto, profesor, hablar barato no es cosa fácil, para hablar mal también hay que hacer un gran esfuerzo. Es como ir contra el cerebro. Es lo primero que trato de cambiar en las intervenciones de mis alumnos en los talleres de hablar en público.

Hay que decir algo nuevo y que sea relevante. Inténtenlo, no me hagan historias, esas ya están fabricadas, les pido.

Por esa razón, le digo a los candidatos a cargos públicos que vienen a mis talleres: un político siempre tiene que decir algo nuevo.

Se trata, en estos tipos de oradores errados, de  artistas de la simpleza y la monotonía, expertos en vaguedades y generalidades. Se repiten a ellos mismos sin modificar las piezas de la intención.

—No eres un político —le decía yo a un candidato a la alcaldía—, eres un agitador. —¿Cuál es la diferencia? —preguntaba. —Un político piensa, un agitador embravece, —le explicaba—.

Claro, que no decir nada es un buen recurso para no buscarse problemas con  los otros, y de paso, para no cambiar el conveniente estado de las cosas.

Estamos ausentes de oradores lúcidos y creativos.

Padecemos una indigencia en la oratoria

Estamos ante el perfecto panorama de una indigencia en la oratoria nacional. Por supuesto, siempre hay excepciones, dignas, lúcidas, críticas, sorprendentes. Esas nos salvan.

A los que le falta esencia recurren al espectáculo. Al mal espectáculo, por supuesto. ¿Qué hacen?

Se apuran, sacuden, vociferan, insultan, mueven las manos arriba abajo como queriendo golpear el estrado. Parecen ordenar, obligar a las ideas, haz lo que te digo, más que tratar de convocar y provocar la reflexión.

Sin embargo, los conceptos se rebelan y quedan como mal encajados.

¿Nadie les puede decir al oído que hay un micrófono y que pueden bajar la voz, y por tanto no es necesario gritar?

¿Será mejor un discurso chillado que unas palabras efectivas, firmes, pero persuasivas, con buena textura sonora?

Algunos confunden la vehemencia con la intolerancia.

El diálogo razonable: ese gran ausente

¿Saben lo que escasea y se elude?: el diálogo. Ese que nos ha salvado y al que hemos acudido en los momentos coyunturales. El diálogo que debe ser cotidiano y buscador.

¿Y cuál es el diálogo perfecto? El que es capaz de que te escuchen y de escuchar. En ambas direcciones.

A veces, una sesión del congreso se convierte en una feria lamentable, más cercana a la atmósfera de una valla de gallos.

Es cuando los “padres de la patria” pierden toda altura y de un plumazo parece irse la patria con la palabra. Por suerte, no solo ellos deciden los destinos de una sociedad.

Y por suerte, la palabra gratis se la lleva el viento.

Un foro legislativo debe ser todo lo contrario. Más bien un escenario de reflexión, debate, profundidad, pasión y diversidad de opiniones, por supuesto, pero en un marco constructivo.

El pensamiento se desgasta sino se estimula e impulsa.

Una plaga: la falta de altura en las ideas del discurso

Nadie puede impedir que se crispen los ánimos, y que a un insulto se responda con otro mayor, y que la pasión por las ideas políticas contrarias enardezcan las intervenciones.

Cuando el debate cae al vacío y ya no se discute la causa de la diferencia, sino el último término ofensivo empleado, es cuando la discusión pierde todo el sentido y la razón, juntas.

La palabra asume entonces una función nefasta. Muere la inteligencia y la poesía de los seres humanos. Qué queda de ese poeta que todos llevamos dentro y que nos inspiró a los 20 años. Tal vez, sea mejor, emplear la conciencia y la decencia que la inclemencia y la insipiencia.

Confunden el ataque con la vehemencia y la rapidez de la lengua con la fluidez. Son contrarios.

Pero, la falta de oratoria lúcida y elegante, como la denomino, no es solo un problema de los políticos, abarca a otros espacios. Es como una plaga que recorre Colombia, y quizás a otras naciones cercanas de la región.

Si nos acostumbramos a este intercambio beligerante reinará el desorden y la confusión. Un poco de ética sobre la mesa puede ayudar. O, quizás, a falta de razones, optan por confundir.

La pobreza, o más: la ausencia de argumentos salta a la luz.

El gran ausente: el verbo fecundo, apasionado pero crítico de Jorge Eliecer Gaitán.

El discurso encendido no es el discurso incendiario

Claro, tenemos algunos líderes prominentes, en cualquier campo de la actividad social, que se especializan en calentar la pista, sembrar odio, y extremar las posiciones contrarias. Como si siempre estuvieran en la oposición, una cierta rabia que no se calma, incluso aunque estén en el poder.

¿Por qué ocurre esto?

Primero: la estética del conflicto. Ha ganado espacio más rápido de lo que se pudo advertir. Es un sentido belicoso  de la discusión pública en contextos diferentes, especialmente en lo que debe ser un parlamento intenso, crítico, de nivel, pero respetable.

No tienen que ser amigos pero sí escucharse con cierta atención entre las diferentes franjas políticas.

Segundo: la carencia de educación, profundidad, conceptos y creatividad. Cuando faltan los términos precisos y los argumentos, aparece el insulto. Ese gran enemigo de la cultura.

Los responsables son los programas educativos, desde la primaria, que no estimulan la comunicación, el discurso selecto, sustentado, el debate lógico de ideas. El grito reemplaza al verbo inteligente.

¿Por qué no existe en los colegios y las universidades la materia de Comunicación y Hablar en público?

El insulto reemplaza a la inteligencia cuando escasean los argumentos.

La crítica es el ejercicio del criterio y no solamente el látigo implacable

Tercero: la polarización creciente del país que acalambra los nervios en todas las esquinas.

La discusión pública se convierte rápidamente en altercado sin medida que lo detenga.

Quizás, el propio conflicto largo, cruento, del país, cansón, concomitante, altera y enerva. Son más de 60 años matando y desplazando personas inocentes o involucradas.

Se instala un sentido mental de confrontación, y lo que debe ser un intercambio de ideas, termina siendo más una contienda de las barras bravas en un estadio de fútbol.

Es decir, una forma de pensar y resolver los problemas conduce a una forma de decir, interpretar, expresar, comunicar, hablar, escuchar y ser escuchado.

La palabra negociación parece haberse escapado de una vez del vocabulario oficial. ¿Cuántos traspiés le pusieron al proceso de paz? El mundo no entendía por qué se discutía en Colombia si debiera haber paz.

Pero, también, la polarización es resultado del abandono  histórico, gobierno tras gobierno, en la solución de los problemas estructurales del país.  Colombia padece alrededor de un 40% de pobreza y es el cuarto país menos equitativo en la distribución de los ingresos.

La sociedad necesita escuchar también a los académicos.

La academia queda dentro de la academia, no sale a la vida nacional

Cuarto: se produce lo que llamamos el descreimiento de las  instituciones, de la política, del discurso público, de los programas de solución, de las campañas electorales, de los medios y de los líderes. Estos últimos lo están pasando muy mal a un año de los comicios, no saben qué hacer con ellos mismos.

Hay un desgaste general del pensamiento, de la estética y la ética de la política nacional, de los intereses supremos, por encima de las ideologías.  La corrupción reinante, organizada y estructural del país, tiene una influencia decisiva en esta situación.

No nos asombremos que las calles se llenen de manifestantes y que algunos grupos vuelquen la rabia, desaforada y equívoca, contra los bancos y los palacios locales de gobierno.

El morbo del pensamiento alcanza a la prensa, la escasez de buenos comentaristas. Ahora todos quieren escribir, pero muchos escriben mal. Muy mal incluso. Los que peor lo hacen son los políticos convertidos en improvisados redactores de artículos con derecho inusitado a la pluma fácil.  Los medios deberían ser más rigurosos.

La Academia queda dentro de la academia. Donde están los mejores pensadores, las personas mejor formadas que no llegan a escucharse, sino dentro de las cuatro paredes del reciento.

El país necesita un cambio urgente evitando los radicalismos, los populismos, el mimetismo de otras experiencias nefastas, como también del conservadurismo más acendrado y prevaleciente en la historia política.

Ese temor de la élite a que le muevan el piso y que le hace oponerse a los cambios indispensables y cerrarle el paso al futuro.

Como vemos, el buen discurso tiene de todo, y padece de todas las influencias.

Creo que el país necesita como nunca el debate, la crítica, la autocrítica, la creatividad. Estamos carente de estos factores estimulantes.

Por eso es lamentable cuando un político se para en los estrados del Congreso de la República, y vocifera, mangonea, bate las manos, la cara se pone como tomate, parece que va a saltar sobre sus contrincantes como una pelea de barrio, y empieza a lanzar improperios.

En ese momento crucial parece que se cae la inteligencia y el humanismo de una sociedad.

Ojalá que no sea para siempre, alguien  tiene que levantar la voz y cambiar el rumbo en un país que tuvo grandes oradores, y que tiene, y ha tenido siempre, a grandes escritores, científicos, poetas, trovadores, profesores y pintores.

Y también políticos.

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jorgegarridodos@gmail.com | + posts

Periodista cubano-español, escritor y profesor universitario. Ha sido corresponsal en el extranjero, editor y jefe de sección de la agencia Prensa Latina, director de la revista Prisma y Cubanow, y autor de la polémica novela "La Historia Secreta de Picasso". Fue panelista en programas de debate en NTN 24 horas, RedMás Noticias, Cable Noticias y emisora FM.
Ha dictado talleres de estética, cine, periodismo y comunicación en varias universidades colombianas, entre ellas la Universidad Nacional, Javeriana, de la Sabana, Universidad Central, Rosario, Autónoma de Cali, y dictado cátedra en la Escuela de Estudios Superiores de Administración (CESA).
Creador del Método Cuarto Espacio de entrenamiento comunicativo. Es especialista en el manejo de procesos de incomunicación y de dominio de los miedos y el miedo escénico en particular. Tiene en preparación el Manual de Comunicación Personal y la Guía de Dominio de los Miedos.

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Guillermo Realphe F.
Guillermo Realphe F.
5 meses de publicado

Se acabó hace tiempo la elocuencia, en todas partes